AUTOR FELIPE CUELLO
Las leyes de Murphy incluyen una particularmente contundente: siempre es posible que una mala situación empeore aún más. En muchos casos, sin embargo, empeorar es una parte necesaria del proceso para, finalmente, mejorar. Los acontecimientos recientes relacionados con Haití presentan una combinación de hitos que siguen una secuencia habitual, como la renovación, por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, del mandato (1) de la Fuerza de Represión de Pandillas (Gang-Suppression Force, GSF), con sucesos inesperados, como el secuestro de cuatro ingenieros aeronáuticos de El Salvador (2). Un incidente casi compensa al otro en un marcado contraste, y lo que queda por ver es si la reacción de los actores regionales terminará produciendo un balance positivo para el escenario haitiano una vez que vuelva a asentarse el polvo.
Este raro ejemplo del «Orden Internacional Liberal» posterior a la Segunda Guerra Mundial funcionando según lo previsto contrasta claramente con aquello a lo que el primer ministro británico Macmillan se refirió célebremente como «Acontecimientos, querido muchacho», su mayor temor durante el ejercicio del cargo. El estado de crisis se activó en San Salvador cuando el presidente Nayib Bukele movilizó a 2.000 soldados sobre el terreno en cuestión de días para buscar a sus compatriotas secuestrados. Bukele, el azote de los grupos del crimen organizado que durante años mantuvieron como rehén a la mayor parte del territorio salvadoreño, había sido ampliamente considerado el mejor ejemplo práctico de cómo contrarrestar precisamente el problema que actualmente azota a Haití: un gobierno central demasiado débil para mantener el monopolio del uso de la fuerza frente a posibles competidores en ese mercado particularmente sangriento. La participación directa del gobierno que redujo a cero los homicidios en El Salvador ha sido recibida con un entusiasmo casi universal, a pesar del objetivo explícitamente limitado declarado por Bukele: rescatar a los cuatro cautivos.
Otro contraste que cabe señalar es el «aplazamiento indefinido» de las elecciones que estaban programadas para finales de 2026 (5). El entusiasmo entre los emprendedores políticos sigue siendo elevado, a medida que más candidatos anuncian su intención de aspirar a la Presidencia de Haití y formar partidos políticos en torno a sus ambiciones. Quienes señalamos la imposibilidad de celebrar unas elecciones en medio de una guerra civil de intensidad moderada, con más de 5.700 víctimas en 2026 (6), hemos encontrado cierto consuelo en la razonable decisión de esperar, así como en la calidad de las agrupaciones de la diáspora y de los grupos locales que comienzan a articularse en torno a figuras con viabilidad a escala nacional.
Erik Prince, cuya presencia en la zona de conflicto sigue siendo misteriosa más por la ausencia de operaciones ofensivas de combate que por cualquier otra razón, ha estado publicando actualizaciones que pueden resumirse como optimistas (7). Su objetivo declarado no es eliminar a los cabecillas de las pandillas, sino diezmar sus filas. La posibilidad de que resolviera el problema de las pandillas ha cedido ante la realidad de una misión de alcance más modesto: proteger lo que queda del Gobierno Nacional de Haití y asegurar el terreno para el despliegue de la Fuerza de Represión de Pandillas. Otras noticias relacionadas con multimillonarios incluyen la muerte de Gilbert Bigio, quien logró figurar en las listas de sanciones tanto de la ONU como de países individuales, como Canadá, pero, sorprendentemente, no en la lista de sanciones dominicana (8). La presencia continuada de Pablo Portes, su hombre en Santo Domingo, como asesor de la Presidencia, pone esto en duda (9). Quizás, a medida que disminuyan las filas de quienes financian a las pandillas, también se reduzcan las filas de las propias pandillas.
Es necesario hacer un desvío por Colombia: la extradición (a Estados Unidos) de los 17 mercenarios que ejecutaron al último presidente electo de Haití, Jovenel Moïse (10). Los detalles siguen siendo misteriosos, aunque el factor desencadenante fue el hallazgo en Haití de municiones con marcas del Ejército de la República Dominicana (ERD), pertenecientes a un lote fabricado en 2022 por un fabricante colombiano que abastece a la República Dominicana (11). El expresidente Petro había comentado cómo los arsenales de las regiones de El Catatumbo, La Guajira y Tolemaida habían sufrido robos que finalmente se vincularon con municiones traficadas a las pandillas haitianas (12). Dado que la actual espiral de violencia comienza con el asesinato del presidente Moïse a manos de los mercenarios colombianos, resulta cada vez más necesario que el recién investido presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, arroje luz sobre estos notorios acontecimientos. Quizás incluso encuentre motivos suficientes para traer de regreso al expresidente Petro del asilo preventivo que buscó en México. Petro y su conciencia obviamente saben lo que hizo.
El embajador de Estados Unidos ante la ONU, Mike Waltz, sigue siendo el encargado de este asunto desde la perspectiva estadounidense. Su discurso más reciente, durante la votación a favor de renovar el mandato de la Fuerza de Represión de Pandillas, no dejó dudas sobre la continuidad de la participación de Washington en esta prioridad de seguridad para el hemisferio occidental. Incluso contando con los 2.000 soldados salvadoreños recientemente desplegados, todavía quedan unos 3.000 puestos sin cubrir que el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó, pero que ningún país se ha comprometido a ocupar. La Unión Africana ha declarado a Haití su «sexta región», lo que podría servir de señal para que otras organizaciones hemisféricas se involucren (13).
CARICOM/CARIFORUM, o incluso el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), dada la presencia de El Salvador sobre el terreno. Lamentablemente, los votos de Nicaragua y Cuba siguen ejerciendo control sobre minorías con capacidad de bloqueo dentro de la OEA y CARICOM/CARIFORUM, pero el SICA, especialmente en su expresión legislativa (el Parlamento Centroamericano), sí cuenta con los votos necesarios para aprobar una resolución que otorgue legitimidad a esa iniciativa, aunque queda por ver si Panamá, Guatemala o Costa Rica están dispuestos a aportar (y financiar) alguna parte de los 3.000 puestos vacantes con efectivos de sus propias fuerzas armadas, gendarmerías o cuerpos policiales. La principal iniciativa de Estados Unidos para estos asuntos, el «Escudo de las Américas» (Shield of the Americas), parecería un foro prometedor desde el cual coordinar el refuerzo de la Fuerza de Represión de Pandillas, aunque está por verse si la ONU y una organización de Donald Trump pueden trabajar en armonía. El discurso del secretario Rubio en el Partenón podría recordarnos a todos que las tareas difíciles, como limpiar los establos de Augías de Haití, ciertamente requieren desviar un río en dirección al problema.
Sanar la patria haitiana, en última instancia, requerirá no solo los esfuerzos de aquellos haitianos que permanecen en la isla, sino, muy especialmente, de quienes llevan vidas productivas en el extranjero: son ellos, más que cualquier otra persona en el planeta, quienes pueden traer de regreso conocimientos especializados, capital y relaciones valiosas con sus amigos de otros países.




