Gustavo Petro escogió Cuba como destino de su último viaje internacional antes de entregar la presidencia de Colombia el 7 de agosto. El mandatario prevé permanecer cerca de 48 horas y reunirse con Miguel Díaz-Canel, en una visita presentada como un gesto de solidaridad con la isla. La decisión adquiere un peso mayor que el de una despedida protocolaria: ocurre durante una transición política tensa, reemplaza una agenda cancelada en Estados Unidos y coloca la relación con La Habana en el centro del contraste entre el Gobierno saliente y el entrante.
La Presidencia colombiana confirmó el desplazamiento, aunque al momento del anuncio todavía no había divulgado una agenda pública detallada. Esa falta de precisión limita cualquier conclusión sobre acuerdos concretos, pero no reduce la carga simbólica. Petro había explicado que consideraba a Cuba un espacio vital para la soberanía y para la defensa de la vida en el Caribe. Con esa formulación, el viaje se inscribe en una visión de política exterior que privilegió la autonomía regional, el diálogo político y la búsqueda de interlocutores más allá del eje tradicional con Washington.
La visita también cierra un episodio fallido con Estados Unidos. Petro había previsto viajar a Washington y Nueva York para compromisos internacionales y encuentros de despedida, pero canceló esa agenda. Trasladar la última escala a La Habana convierte una modificación de calendario en un mensaje político. El presidente saliente subraya sus diferencias con la orientación que espera del próximo Gobierno y reafirma una relación histórica que, para Colombia, ha estado vinculada no solo a afinidades ideológicas, sino también a negociaciones de paz con organizaciones armadas.
Cuba desempeñó durante décadas funciones de anfitrión y facilitador en procesos colombianos. Esa trayectoria le dio una relevancia diplomática que supera el tamaño del intercambio económico bilateral. Para Petro, cuya administración hizo de la “paz total” una de sus principales banderas, reconocer ese papel antes de salir del poder equivale a defender la utilidad de mantener canales incluso con gobiernos cuestionados por su sistema político y por la situación de derechos humanos. Sus críticos, en cambio, ven la visita como una identificación ideológica que puede complicar la transición.
El contexto interno colombiano vuelve más sensible cada gesto. El presidente electo Abelardo de la Espriella ha anunciado una política exterior más cercana a Estados Unidos, una revisión de la red diplomática y un tono más duro frente a los gobiernos de Cuba y Nicaragua. La Cancillería cubana ya rechazó declaraciones del próximo oficialismo que considera contrarias a la relación histórica. Petro llega, por tanto, cuando ambos países intentan anticipar cómo quedará el vínculo después del cambio de mando y si los canales construidos durante su administración conservarán espacio.
La dimensión caribeña es igualmente importante. Colombia comparte con Cuba intereses en seguridad marítima, migración, respuesta a desastres, salud y estabilidad regional. Bogotá también ha enviado ayuda humanitaria a la isla, reforzando una narrativa de cooperación Sur-Sur. No obstante, cualquier ampliación de compromisos al final de un mandato debería quedar documentada y ser compatible con las atribuciones del Gobierno que asumirá días después. La continuidad diplomática exige distinguir entre relaciones de Estado, que sobreviven a los presidentes, y decisiones políticas que pueden ser revisadas por una nueva administración.
Para América Latina, el viaje refleja una disputa más amplia sobre alineamientos. Una parte de los gobiernos de la región defiende mayor autonomía frente a Washington y el mantenimiento de relaciones con La Habana; otra prioriza alianzas de seguridad, comercio e inversión con Estados Unidos y critica al régimen cubano. Colombia cambiará de posición dentro de ese mapa. La escala de Petro ofrece a Cuba una última señal de respaldo desde una de las principales capitales sudamericanas, mientras permite al futuro Gobierno definir su diferencia desde el primer día.
La reunión con Díaz-Canel será observada por lo que incluya y por lo que omita. Si se limita a un intercambio de despedida y solidaridad, su efecto será principalmente simbólico. Si produce compromisos, declaraciones sobre la transición colombiana o críticas coordinadas a Estados Unidos, elevará el costo diplomático para el sucesor. También importará si Petro aborda derechos humanos, cooperación humanitaria y el futuro de los mecanismos de paz. Sin agenda publicada, la transparencia posterior será necesaria para separar la representación oficial de la proyección política personal del presidente saliente.
El último viaje de Petro resume así las prioridades y contradicciones de su diplomacia. Defiende la integración caribeña y el diálogo, pero lo hace en una coyuntura de fuerte polarización interna y sin claridad inicial sobre resultados concretos. Cuba recibe un gesto de reconocimiento justo cuando se prepara un Gobierno colombiano menos receptivo. La relación bilateral no terminará con el cambio de poder, aunque puede cambiar de tono, instrumentos y prioridades. La visita será recordada como la última firma simbólica de Petro sobre una política exterior que su sucesor se dispone a revisar.




